Artículo de opinión publicado en infoLibre.es____
Quien pretende el caos necesita disfrazarlo de otra finalidad: la calidad de los institutos en Barcelona, el antifascismo en Bilbao
Dolores Delgado y Baltasar Garzón
Francia vive bajo toque de queda tras cinco semanas de revuelta juvenil. En pocos días, Barcelona y Bilbao han ardido, los estudiantes serbios han derrotado a Vučić en las urnas y Lula ha ganado en Brasil. Se dibuja un patrón: donde la juventud se organiza y vota, gana; donde el malestar queda en manos de perfiles sin rostro, aparece la violencia, y con ella quienes la necesitan para no escuchar.
Francia, el laboratorio
Todo empezó en Francia con una reivindicación impecable: el 17 de septiembre, los profesores del liceo Saint-Exupéry de Créteil pararon porque faltaban docentes, y el testimonio de abandono de sus alumnos se hizo viral en TikTok. La respuesta fue la fuerza: más de 6.800 detenidos en tres semanas, el 85% menores, y un chico de 15 años que perdió una mano por una granada policial. El 17 de octubre, convocatorias anónimas resucitaron a los chalecos amarillos. Salieron en respuesta 550.000 personas, casi todas en paz, pero grupos enmascarados saquearon unos 3.000 comercios e incendiaron el ayuntamiento de Limoges. Llegaron los toques de queda y la batalla del relato: el Gobierno culpó a La Francia Insumisa; Trump, a la inmigración. De los profesores de Créteil ya no hablaba nadie. Francia recorrió el ciclo completo y se convirtió en modelo para la exportación.
Barcelona y Bilbao, las réplicas
El 24 de octubre, unos seiscientos jóvenes convocados bajo el lema ‘Institut Indignats’ arrasaron el centro de Barcelona: 130 detenidos, la mayoría menores. La llamada partió de Blocus, una red de perfiles anónimos de TikTok que pedía salir a la calle «como en Francia» por la calidad de los institutos. Un código QR llevaba a grupos de Telegram con otras instrucciones: de negro, con la cara tapada y con pirotecnia. Los Mossos no han hallado partido ni mano extranjera detrás y hablan de «violencia lúdica» por imitación. «Con los amigos solo hablábamos de eso. De París», dice un detenido de 15 años.
Los adolescentes buscan visibilidad, pertenencia y sensación de poder
Dos días después, Bilbao mostró otra variante. El agitador ultraderechista Vito Quiles anunció un acto junto a la Universidad de Deusto; miles se concentraron pacíficamente en contra y Quiles lo suspendió. Entonces varios cientos de radicales tomaron el relevo: coches incendiados, comercios asaltados, piedras contra la comisaría de la Ertzaintza, 19 detenidos. «No son antifascistas; son auténticos fascistas», dijo el alcalde, Juan Mari Aburto. Quiles celebró «un éxito sin precedentes» y prometió volver «después de responderles el 29N».
En la plaza de Catalunya, los acampados por la vivienda cerraban sus accesos a los violentos y refugiaban a familias atrapadas. En un metro cuadrado convivían las dos juventudes: la que reclama un derecho sin destruir nada y la que destruye sin reclamar nada.
¿Es el germen de un nuevo Daesh? Blocus no lo es, pero usa su arquitectura: vídeo viral, grupo cerrado, uniforme negro y enemigo difuso. Aquel ofrecía el paraíso; hoy se reclama una vivienda y un instituto digno. Pero en los márgenes crece una violencia sin bandera, disponible para quien quiera izar la suya.
El patrón
El mismo domingo, la Lista Estudiantil serbia, nacida de dos años de protestas pacíficas, obtenía cerca del 52% de los votos y pedía preservar la victoria «de forma pacífica y digna». En Brasil, Lula ganó con el 51,77% tras perder la primera vuelta.
Cuando la democracia gana, el perdedor deslegitima. Vučić culpó de su derrota a países europeos y a un «Estado profundo» estadounidense; Flávio Bolsonaro pedirá anular las elecciones. Brasil ya vivió ese guion el 8 de enero de 2023.
Cuando el malestar no encuentra cauce, la violencia lo ocupa. En Albania, una protesta estudiantil «legítima», según el propio Gobierno, ha derivado en ministerios incendiados y más de 300 heridos.
El poder usa la violencia para no responder. Edi Rama culpa a «manos extranjeras», como Vučić culpaba a estudiantes que nunca rompieron un cristal. El complot sirve contra la protesta pacífica y contra la violenta: su función es no atender la reivindicación.
Qué buscan y quién se aprovecha
Quien pretende el caos necesita disfrazarlo de otra finalidad: la calidad de los institutos en Barcelona, el antifascismo en Bilbao. Los adolescentes buscan visibilidad, pertenencia y sensación de poder; para ellos la violencia es un atajo, no una ideología. Los radicales de Bilbao buscaban el choque y regalaron al provocador lo que había ido a buscar: la imagen del caos. Provocador y violento son, uno para el otro, la coartada perfecta.
Luego están quienes recogen la cosecha. En plena precampaña del 29-N, Alberto Núñez Feijóo acusó sin pruebas al presidente del Gobierno de estar «jugando con el fuego del malestar social». Vox culpó a la inmigración. En Bilbao, el PP habló de «euskofascistas» y sus juventudes equipararon a PNV, PSE y Bildu, aunque los tres condenaron los hechos. Miguel Tellado, que ha elogiado ante Nuevas Generaciones la «valentía» y el «arrojo» de Quiles, emprendía viaje a Bilbao; Feijóo anunciaba su visita a los comercios saqueados de Barcelona. Nada prueba que el PP haya alentado la violencia. Pero quien acusa sin pruebas, elogia al provocador y se fotografía en las ruinas, no está apagando el incendio: está haciendo campaña con él. Nadie habló de los institutos.
Otros empujan desde fuera: el Estado Islámico llama a atacar a policías y manifestantes, Rusia recluta adolescentes como «agentes desechables» y Terrorgram busca el colapso de la democracia liberal. No hay pruebas de que nadie dirija a quienes queman contenedores, pero sí una convergencia. Naomi Klein la llamó «doctrina del shock»: las crisis, reales o fabricadas, desorientan a la sociedad y abren paso a lo que normalmente sería inaceptable. Hoy lo disponible es el orden: toques de queda, multas, Estado penal.
Quedan preguntas. ¿Quién creó y quién sostiene las cuentas de Blocus y de «Gen Z Revolution»? ¿Por qué aparecen a la vez en varios países con la misma estética? ¿Quién las amplifica? La «estrategia de la tensión» italiana también parecía espontánea hasta que los tribunales la desmontaron. La Fiscalía y las plataformas tienen medios para averiguarlo.
Nada prueba que el PP haya alentado la violencia. Pero quien acusa sin pruebas, elogia al provocador y se fotografía en las ruinas, no está apagando el incendio: está haciendo campaña con él
¿Lenidad?
La justicia ha actuado: en Barcelona, los adultos detenidos están en libertad con prohibición de manifestarse y tres menores han sido internados. Encarcelar en masa a adolescentes no sería firmeza, sino fabricar la próxima generación de resentidos. El fallo ha estado en la prevención: los Mossos conocían la convocatoria una semana antes y esperaban trescientas personas; en Bilbao, el sindicato Erne critica que el dispositivo se desmontara con precipitación. Y la lenidad mayor está en otra parte: en plataformas que alojan instrucciones para delinquir sin rendir cuentas, y en dirigentes que acusan sin pruebas o convierten la provocación en campaña sin coste alguno.
La democracia recitativa
La democracia amenazada (ver aquí) sostiene que los golpes ya no son a la antigua usanza; basta con instaurar una democracia recitativa, «en la que aparentemente tenemos todos los derechos, pero vaciados de contenido». Para un joven tiene nombre concreto: una vivienda que no puede pagar, un instituto sin profesores, unas instituciones que le hablan y no le escuchan. El 68% de los jóvenes españoles está insatisfecho con la democracia y la mitad cree que a veces hace falta «mano dura». Serbia demuestra que el atajo violento no es inevitable: allí la misma rabia se convirtió en dos millones de votos. La diferencia no está en la indignación, sino en la existencia de un cauce.
Cómo contrarrestarlo
A la juventud comprometida le corresponde:
- La no violencia como estrategia: las campañas no violentas han triunfado el doble que las violentas, un 53% frente a un 26%.
- Organización estable frente a convocatoria viral y desmarque inmediato de los violentos.
- No dar al provocador lo que busca: presencia pacífica y lejos de su escenario.
- Alianzas con sindicatos, movimientos por la vivienda y litigio estratégico, que convierte un derecho recitado en un derecho exigido.
- Alfabetización digital y memoria democrática.
A las instituciones, la otra mitad: prevención antes que excepción; exigir a las plataformas, con autorización judicial, la identidad de quienes convocan a delinquir; distinguir protesta, desorden y terrorismo sin castigar a los pacíficos; y una comisión intergeneracional en el Congreso cuyo dictamen sea preceptivo y exija respuesta motivada.
Y la medida más eficaz, la más sencilla: quitarle al caos su rentabilidad política. Bastaría un compromiso de todos los partidos, antes del 29-N, de no usar la violencia juvenil como arma electoral, como en su día se pactó frente al terrorismo. Si cada incendio rinde votos, habrá más incendios, y la dinámica puede volverse imparable.
Antes de que el muro se cierre
El Daesh nos enseñó que una idea violenta se propaga más rápido que un ejército. Serbia acaba de recordarnos que una generación organizada y pacífica puede derribar en las urnas un poder de doce años. Lo que circula por las pantallas aún no tiene bandera. Que la tenga la democracia depende de que sepamos acompañar a esa juventud, de que no regalemos la calle ni a violentos ni a provocadores y de que quienes pierden respeten el voto, antes de que el muro se cierre.
Baltasar Garzón es jurista y autor, entre otros ensayos, de ‘La Democracia Amenazada’.
Dolores Delgado es Fiscal de Sala de DDHH y Memoria Democrática.